El principio básico de un ventilador se basa en el efecto sinérgico de la mecánica de fluidos y la dinámica mecánica. La rotación del impulsor genera fuerza centrífuga o empuje axial, aumentando la presión del gas y dirigiéndolo para que fluya en una dirección específica.
El proceso de funcionamiento de un ventilador se puede dividir en tres etapas:
Etapa de entrada de gas: cuando el impulsor gira a alta velocidad, se genera fricción y diferencia de presión entre las palas y el gas, lo que atrae el gas circundante hacia la región central del impulsor. Los ventiladores de flujo axial guían el gas axialmente a través del ángulo de inclinación de las aspas, mientras que los ventiladores centrífugos difunden el gas hacia afuera a través de la fuerza centrífuga generada por la rotación.
Etapa de transferencia de energía: la energía cinética del impulsor se transfiere al gas a través de las palas, aumentando simultáneamente su energía de presión (presión estática) y energía de velocidad (presión dinámica). El diseño de las palas (como el perfil aerodinámico y el radio de curvatura) afecta directamente la eficiencia de conversión de energía; Los ventiladores modernos suelen utilizar aspas-curvadas hacia atrás para reducir el ruido y mejorar la eficiencia energética.
Etapa de escape de gas: Después de ser presurizado, el gas se rectifica mediante una voluta (centrífuga) o un deflector (flujo axial) y se descarga en una dirección predeterminada. El grado de coincidencia entre la forma de salida y el ángulo de la pala determina el equilibrio entre el flujo de aire y la presión. Por ejemplo, las salidas de aire con persianas pueden ajustar la dirección del flujo de aire, lo que es adecuado para escenarios que requieren ventilación direccional.

